(Y reminiscencias de un verano)
Tanto existe en lo invisible,
tantos tanteos en la niebla
de la aquiescencia más sorda.
Miré como siempre mire
desde impropias fortalezas,
ya no fuertes, sino temblorosas.
Mis labios medían las palabras
con la ayuda de una mente
viajera, ausente, ocupada.
Limitaba con su muralla,
lidiaba feliz, ardiente,
con una inusitada sorpresa.
Pero mi corazón no latía
al ritmo de la
conversación.
Y tuve por un instante un sueño
en que me perdía,
un desmayo de ilusiones
en el contorno de su cuello.
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