Las conversaciones casuales derivan
en gestas de (des)entendimiento,
pero estando empapados por dentro
se vagabundea en éxtasis y alegría,
sin que nadie pregunte, sin que paren
a pensar en los gritos, sólo la risa.
Bandazos, hasta que un cartel de neón
se refleja, inherente, en un rascacielos
apagado, tan oscuro, tan demente
como las nubes que captura.
Éramos gallinas ciegas buscando granos
de realidad, como quien a tientas
encuentra la sábana y está dada la vuelta.
Algo nos llevó a exiliarnos en la noche,
comprendiendo aleatorias preguntas,
componiendo nuestras respuestas.
Apresando estrellas en el infinito
de nuestros cerrados párpados,
siempre mudos, siempre al raso.
De imaginarios pasos seguimos el eco
mientras el aire se endulzaba
hasta volverse elixir y daga.
Porque siempre al cortar el hilo
cae la espada, y el rasgueo nos dejó
sueltos, rompiendo en la playa
como olas desconcertadas.