Un hombre, un desierto.
Su sueño, su páramo.
El hombre, el mar,
su realidad, su yermo.
Los únicos honestos
que siempre viven
tal y como los recordamos.
El polvo se acumula
en los detalles y las ciudades
se arruinan. Secas avenidas
de árboles revolucionarios
reclamando la jungla.
Las luces se encienden
para los que queden,
para el que acuda.
Dentro, invisibles,
los órganos se enfrentan
y las ideas van tomando raíces.
Trepadoras enredaderas
cosen los ojos al tiempo
mientras las paredes
se van destartalando.
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