Soñando como si el tiempo parase
seguimos en nuestra afable rutina
con la gracia de un gato que arañase
un árbol que sangra resina.
Y sin embargo el ojo sigue frenético
escudado tras el párpado, inquieto.
Mi piel se seca y vuelve arena
con una caricia, con
un suspiro,
dejando sólo los ojos como retiro
y público mudo de la triste escena.
Fuera ya la sudada sábana,
fuera ya la dura almohada.
Pero después se arrastran ávidos,
no ya ojos, sino diente y morro
de perro desenfrenado, entre impávidos
personajes de lengua de abejorro.
Los crispados dedos contra la madera
y el frío pie que flotando queda.
El hocico se daña y ensangrienta,
en los dientes, se graban las baldosas
y no ceja el perro en su cruenta
guerra por las hojas caprichosas.
El labio está inflamado y brilla,
al rechinar los dientes en baño bermejo.
Ese ansia, esa duda y pesar incierto,
como plantas nacidas de la roca,
no se va, se entierra, cuando mi alma evoca
la contradicción de estar despierto.
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