Incontables pupilas,
bajo impenetrables sombras,
frutos fatuos de una sorda avalancha.
Cada uno muerde más que el otro,
sin dientes, sanguijuelas aladas.
Y no cesan al caer y golpear el suelo,
no martillean, ni se rompen,
tan sólo se aplanan.
Son espectros de carne, mis entrañas,
que pavimentan el suelo de mis esperanzas,
mientras llueven las decepciones de otros.
Andando no se ve el brillo oscuro
hasta que es demasiado tarde
y queda anidado, deforme,
homúnculo en la suela del zapato.