que no soy dueño de mí mismo,
hace mucho que vivo
en órbitas, presenciando,
cada vez más cerca
pero siempre sin descanso.
Porque pareces eterna,
omnipresente.
Llevas mis mareas,
que no mareos,
sino más bien desmayos
cuando mis manos
sobrevuelan tu piel.
Y tras todo veo,
como marca de agua,
tu rostro en las retinas.
A la blanca luz,
las pupilas dilatadas,
y más espero tu brillo
en la noche pulida,
donde mi reflejo
vive y aguarda.
Esas noches que faltas
me siento ciega bestia
aullando al silencio.
En viaje sin fin
tras el rastro de recuerdos.
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