Quizás forma parte del ritual. Como el azote que demuestra que estás listo para vivir.
No sé cuándo, ni quién, ni bajo qué órdenes, si a ti, a mí o a todos. Puede que sea parte de un apartado secreto en su juramento.
Algo tan normal que ya nadie pregunta. ¿Pero acaso no sienta extraño? Al nacer algo ocurre que ya nunca volvemos a ser nuestros.
He visto cómo perdemos las llaves, el móvil, el sueño. Incluso más de una vez hemos estado perdidos, pero algo falta desde mucho antes. Siempre, la presión del horario, la expectativa del cercano, el juicio del extraño, ante nosotros. Tanta preocupación, de la preocupación nacida, acumulándose en el rostro. Con sólo segundos de pausa, de placenteras treguas en el pensamiento ante la belleza sincera de ciertos momentos. Que por desgracia sólo duran lo que la mano tarda en retratarla y “subirla” como marca la pauta.
Pero, ¿alguien se percata? ¿Cómo me siento la mente tan lejana estando entre huesos tan bien encerrada?
Quizás acaban el trabajo esos hombres de blanco, no ya obstetras, puede que ascetas, pero más bien cirujanos. En tu mismo cumpleaños, las separan. Sólo las partes que suponen más peligro, con precisión sobrehumana, de formas aún no inventadas.
Las recogen y guardan en cajas numeradas, personalizadas, de cristal, de acero, aunque en realidad no importa. Pues nadie las verá, y no pueden decirte nada.
Y creo, que lo curioso no es lo incompletos que quedemos, sino el casi divino juego que comienzan.
Nos lo devuelven todo, como premios a lo largo de nuestra vida, y nos parecen nuevos, de fantástica naturaleza. Y tan extraños nos resultan, que tenemos que volver a aprender a vivir con ellos.
A trozos, órgano a órgano, eres perseguido, y el rastro te guía. Cada vez te pierdes menos, pero más confuso, cada vez más sabio, y quizás más vivo.
La última contradicción, yo mismo, y puede que ahora, la única que no quiero.
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