un silbido, un aviso,
un giro, un beso.
Más al sur del balcón,
al oeste de la balaustrada
donde el sol se escondía
de nosotros, de la lente.
Una ciudad bañada en plata
y en roca reflejada,
más allá de terrazas
y divanes de fantasía
donde vaguea el recuerdo.
donde vaguea el recuerdo.
En patios tomados
por las flores y las ramas,
pasado el arco olvidado
de la diosa Elvira.
En aquel jardín
cercado de escaleras,
con el rostro consternado,
cercado de escaleras,
con el rostro consternado,
de preocupación nudosa,
los árboles siembran
un campo de granadas.
Abiertas en la hierba
y de las grietas, irremediable,
cae el llanto carmesí.
Y nutren los huesos
que la sostienen viva.
Como yo, como Boabdil,
tanto queda, tanto duele,
que parece que de pena
la ciudad crezca.
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