Hoy vivo solo,
pero hace tiempo
que alimento un monstruo.
Colecciona mis insomnios
y vueltas en la cama.
Recoge sueños olvidados,
frutas de la impotencia,
o mi inquietud tras el teclado.
Cuenta las miradas al reloj,
al móvil, y cuando despierto
en la noche cerrada,
observa desde alguna esquina.
Busca el brillo
de mi sudor frío
y destila frustraciones.
Se encarga de los platos,
paga las facturas,
cocina y conversa
con efectividad de autómata.
Se enraíza y crece,
desde dentro, sin control,
y al final uno sólo puede
compartir el piso
y aceptar al extraño.
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