Derrotado entre amigos
y revuelto en lodo.
Vencido en duelo injusto,
sin oponente.
Era arrastrado a su castigo
de eterno testigo,
se resistía entre lamentos
y uñas de desesperación.
Huyendo del mar,
y del reflejo poseidónico,
su gran mano aferró la tierra
en gesto vano,
último suspiro del gigante
que fui, muerto en la orilla.
Y tras los surcos las olas
rellenaban las ciclópeas marcas
con aguas tan hondas
como barrancos entre calas.
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