A ratos nada falta
y a veces todo sobra.
Los testimonios mudos
de los restos entre las vías.
Sobreviviendo de la roca
y el calor de cada día.
Acomodados
a la poca benevolencia
de un tiempo vehemente
en su pasar.
Rocas sonrojadas,
que no cambian,
en eterno rubor
de indiferencia y óxido.
Un amor de acero y hojarasca
danzando con las bolsas vacías.
Un cementerio
de cigarros sin acabar
y vasos deformados.
Y en las lápidas el epitafio
y recuerdo insípido
de los labios que los besaron.
Cada día el consuelo
de recibir a nuevos desterrados
y ráfagas de perfume
como brisa traicionera
de un fugaz viajero.
Poco a poco olvidando,
pero más bien felices,
fundiéndose en el paisaje.
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