Nacidos de cenizas,
de las sobras
de una belleza excesiva.
Somos la generación muda
por voluntad propia.
Que no siente ni pregunta
y donde todo grito es sordo.
Escondida donde el sol no calienta,
y la vida se envuelve
en blanco fluorescente.
Allí, se deshuesa el deseo
y la ilusión se pierde
en acantilados virtuales
de conocimiento sin fuente.
Somos únicos visitantes
de este gran museo de cera,
exhalando vaho sobre las vitrinas
y desgastando el cemento.
Nos ata de manos el guía
y taladra los oídos
a base de cumplidos
para acabar frente al espejo,
temiéndonos a nosotros mismos.
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