Soy un cadáver hinchado,
flotante,
y una garra olvidada
aún en esperanza
respira sobre mí.
Pero en su ansia
perfora mi paz perecedera,
paz del perecido,
reclama nuestra madre,
de nuestra humanidad,
el único rastro.
Y la ponzoña se desborda
viscosa, con pena,
sobre su rostro, e invita
la supurante bebida
sobre pérfidos pulmones.
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